"La mano furtiva" relato erótico de Eriko_Gorgazzi

“La mano furtiva” relato erótico de Eriko_Gorgazzi

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Llovía fuerte en el centro de Madrid. Solo faltaban dos minutos para llegara el autobús y aún le faltaban dos manzanas. Apretó el paso ampliando sus zancadas para avanzar más rápido.

 

-Será mejor que corra si no quiero estar esperando 20 minutos con la que está cayendo.

 

Agarró con fuerza su carpeta, aseguró su bolso y echó a correr. Sus pies no tardaron en sentir el frío y la humedad que cubrían el suelo.

Mientras pensaba que debería haberse puesto otros zapatos, vio aparecer el autobús por el final de la calle. Apenas faltaban cien metros para llegar por lo que cubrió estos últimos metros con toda la velocidad que daban sus piernas. Llegó para cuando el autobús comenzaba a abrir las puertas.

 

-¡Por qué poco!

 

Pero el destino quiso que sus empapados zapatos resbalaran en el pavimento al intentar frenar. Dio un aparatoso traspiés pero consiguió mantener el equilibrio. Haber bailado durante tanto tiempo le había proporcionado agilidad y reflejos. Aunque también algunas lesiones…

Su glúteo izquierdo se contrajo con una fuerte punzada de dolor acompañada de una intensa descarga que prácticamente paralizó su pierna. No pudo evitar soltar un pequeño grito ahogado que, con la lluvia que no cesaba en su empeño de empaparlo todo, nadie pareció escuchar ni reparar en lo sucedido.

Con todo el orgullo y amor propio que la caracteriza, apretó los dientes y subió los escalones del autobús. Con cada paso, su glúteo se contraía produciendo espasmos en sus mejillas.

 

-Otra vez el glúteo no…

 

Mostró su abono al conductor y se sentó en el primer asiento que encontró. No se fijó en quién iba sentado, ella sólo pensaba en sentarse e intentar relajar el enorme tirón.

Un zumbido acompañado de un timbre sacó a Carlota de sus pensamientos. Era el móvil del muchacho que, al notarlo, se había movido para sacarlo del bolsillo. Fue entonces cuando se fijó en él.

Era moreno, de unos 25/30 años, pelo corto, ojos marrón claro y cejas bien definidas. Su nariz, ni muy chata ni pronunciada, aportaba equilibrio en su rostro. Sin embargo, fueron sus labios lo que más llamó su atención. Estaban perfectamente perfilados, eran carnosos, proporcionados y, a su parecer, muy apetecibles. Una barba de 5 ó 6 días acompañaba lo ya nombrado generando un toque desaliñado que ella encontró muy atractivo.

El chico sintió su mirada y se giró para mirarla. Cuando sus ojos conectaron notó como toda su espalda era recorrida por un intenso escalofrío que hizo reaccionar todos sus poros. Fue como conectar un cable a la corriente. Un torrente de energía invadió sus cuerpos de pies a cabeza haciendo que los dos apartaran la mirada casi a la vez.

 

-¿Lo habrá sentido el también?

 

Ladeó un poco la cabeza y miro por el rabillo del ojo. Él también había girado su cabeza para mirarla con una sonrisa pícara y burlona, dando a entender que el sentimiento era mutuo.

De repente se oyó un golpe a sus pies. El móvil, que hacía unos segundos había sacado del bolsillo, resbalo entre los dedos del chico y cayó al suelo. Él también se había puesto nervioso. Esta certeza provocó en ella que se activará “el interruptor”.  Si, ese que todos/as tenemos y nos libera a la pasión y el deseo de una manera casi primitiva. Notó como un hormigueo cálido envolvió su pelvis y bajo por sus piernas. Una excitación, como hacía años que no sentía, se adueñó de ella. Su vello se erizó, sus pezones presionaban con fuerza el sostén y un calor húmedo se abrió paso entre sus piernas.

 

-Me estoy poniendo muy cachonda, ¿cómo es posible?

 

Nerviosa, e incapaz de ocultarlo, cruzó  las piernas, se colocó el pelo e intentó aparentar normalidad. Sin saber porqué,  envió una mirada de soslayo a las piernas de él. Logró adivinar una erección bajo el pantalón que empezaba a crecer sin control. Otro intenso hormigueo recorrió de nuevo su vientre, ingles y piernas. Se percató de que algo caliente resbalaba en mojando su lencería. Cambió de postura, volvió a cruzar las piernas alternando la posición y apretó sus muslos para que hicieran algo de presión en sus partes íntimas. Se retorció ligeramente y pensó cuánto disfrutaría si pudiera masturbarse allí mismo. Deslizar la mano delicadamente y acariciar su clítoris con suavidad. En ese momento, el chico decidió guardar su teléfono y, quizá a propósito, rozó el muslo derecho de ella. En lugar de retirar la pierna, instintivamente, ejerció presión hacia la mano furtiva sin tener claro qué hacía. Y allí, durante unos segundos, quedaron suspendidos intuyéndose la piel.

Cuando el chico terminó de guardarse el móvil (demorándose adrede) dedicó una mirada cargada de intención a Carlota y se mordió ligeramente el labio. No sé explicar cómo fue capaz de no lanzarse a sus labios y su cuello. El rubor que ocupó su rostro fue tan intenso que hasta ella notó el calor en sus mejillas. Si volvía a mirarle a la cara no estaba segura de poder controlarse.

Quizá si iniciaba una conversación con él, se presentaba y hablaban de algo, su excitación volvería a un estado normal. Intentó pensar en una forma de romper el hielo siendo original y causando buena impresión. Y digo intentar porque, aunque puso empeño, su mente sólo iba en una dirección: arrancar la ropa de su acompañante y mostrarle cuánta lujuria cabía en su menudo cuerpo. Pensar con claridad era una tarea harto difícil cuando en el fondo solo quieres abandonarte al morbo de la situación.

Los oídos empezaron a zumbarle agudamente, su pulso se aceleraba por momentos, sus manos sudaban ligeramente y su respiración comenzaba a ser fatigosa. Presa del trance, percibió que su deseado desconocido se movía ligeramente y llevaba su mano descaradamente a su paquete. Colocó sin prisa una erección que ya no se adivinaba, sino que generaba un enorme bulto.

¿Provocación? ¿Incomodidad? Quién sabe. Lo cierto es que la intuición de aquel miembro duro bajo el pantalón hizo que su boca se abriera ligeramente, como si se preparara para una más que ansiada felación.

Pícaramente, el chico miro la reacción de Carlota que, para su gozo, ya no disimulaba y miraba directamente a su polla con los ojos bien abiertos.

 

Y como si de una broma de mal gusto se tratase, el autobús paró y el nombre de su parada se oyó por la megafonía. Entre el calentón y el sobresalto, se puso en pie de un brinco y bajó del autobús con presteza. Una mezcla de rabia y frustración tan grande se apoderó de sus maneras que olvidó por completo despedirse del chico, darle su número de teléfono o simplemente preguntar su nombre.

Para intentar reponerse del suceso y con la punzada de dolor en el glúteo, sacó su teléfono para llamar y reservar hora para visitar al fisioterapeuta.

 

 

Pero eso, mejor te lo cuento mañana…

 

Eriko_Gorgazzi

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