La tienda de las muñecas rotas de Rake M. de Levalois

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La tienda de las muñecas rotas

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Un excelente relato de Rake M. de Levalois sacado de su libro “Luna de Obsidiana

Y… si estás interesad@ en su obra… "Luna de Obsidiana"

 

La luz es tenue y el ambiente cargado. Cargado de pesares, de sueños hechos añicos, del perfume almizcleño de inocencias violadas entre delirios perturbados. Cargado de tristeza y llantos que no se derraman, de fantasías humilladas…

 

Están por todas partes, apoyadas en la pared, sentadas en sofás de ter­ciopelo gastado o en sillas de brocado que quieren hablarte de bue­nos tiempos que ya hace tiempo quedaron olvidados. Parecen vivas, pero no lo están. Parecen enteras, pero les faltan tantos pedazos que entre todas no podrían completar una sola pieza.

 

Había entrado por curiosidad, la que me produjo un susurro a mediano­che en un oído que no era el mío y ahora me encuentro hipnoti­zado, atrapado por    el olor y los destellos del color de sus cabellos, por las piedras preciosas que son sus ojos, por el crujir de la seda de sus vestidos, por el intrincado dibujo del encaje de sus escotes, por el sonido de un arpa invisible que llena la estancia de etérea ma­gia… El local es espacioso, bañado por una penumbra agradable, sin las horteras luces rojas características de este tipo de negocios. Los decora­dos temáticos están separados por una distancia no superior a un metro y unas escasas cortinas de gasa, prácticamente transparentes, que revelan más de lo que ocultan.

 

Me siento en un rincón al final de la barra para poder admirarlas tran­quilamente. Alguien me acerca una copa de algo, que yo agarro distraído, y un pesado libro. Aparto un instante la vista de los hermo­sos rostros de alabastro que apenas parecen devolverme la mirada y miro el volumen que me he colocado inconscientemente sobre las rodi­llas. Está encuadernado en cuero marrón y en la portada puede leerse en intrincada caligrafía “Chez poupées”, el nombre del local. Lo abro por la primera página y resulta ser una especie de catálogo. Cada hoja está dedicada a una de ellas, con fotos y descripciones. Voy pasando las páginas lentamente, alimentándome de las miradas en blanco y negro de esas fotografías a todo color mientras leo un poco de sus historias.

 

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“Sherezade: Nuestra muñeca más exótica. Esta princesa persa do­tada con una poderosa imaginación te hará sentir como a un sultán cumpliendo todos tus sueños entre los velos de las Mil y una Noches”.

 

“Mesalina: Nuestra muñeca más cotizada. Esta experimentada empera­triz romana te transportará al famoso barrio de Subura, en la antigua Roma, satisfaciendo incansablemente tus deseos durante toda la noche”.

 

“Artemisa: Nuestra muñeca más divina. Disfruta de la eterna virgini­dad de esta cazadora diosa griega que te hará sentir como un animal salvaje en celo”.

 

“Nefertiti: Nuestra muñeca sacerdotisa. Conviértete en Emperador de Egipto junto a la reina de más legendaria belleza en la historia de la humanidad. Siente su adoración en tus carnes como si el dios Atón se hubiera reencarnado en tu piel”.

 

“Pocahontas: Nuestra muñeca más salvaje. Sé un conquistador re­cién llegado al Nuevo Mundo. Conquista sin armas las Américas entre las piernas de esta feroz guerrera nativa”.

 

“Matahari: Nuestra muñeca más seductora. Bailarina exótica, corte­sana y supuesta espía. Esta experimentada libertina hecha a sí misma te seducirá con su encanto hasta el punto de hacerte olvidar todas tus miserias”.

 

“Sakura: Nuestra muñeca Geisha. Esta joven shikomi hará tus deli­cias gracias a las habilidades aprendidas en el distrito de Gion, hacién­dote sentir que vives en el karyūkai”.

 

“Erzsébet Báthory: Nuestra muñeca más aterradora. Sacia la sed de sangre de esta aristócrata Transilvana obsesionada por la belleza y fa­mosa por ser la mujer con más asesinatos en su haber en toda la histo­ria”.

 

“Morgana: Nuestra muñeca más legendaria. Déjate embrujar por la magia de esta reina de las hadas tan vengativa como lasciva. Bebe del filtro de amor de su fascinante mirada y te transportará al hechizante mundo de lo oculto al son de la vibrante cadencia de las cuerdas de su arpa”.

 

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Levanto la vista del libro sin dejar de pasar las hojas, pero sin prestar ya atención. Intento identificar entre los cuerpos de la habitación a las chicas de las fotografías. La primera a la que encuentro es a Pocahontas, fácilmente identificable por la escasez de ropa y la pintura que cubre su cuerpo semidesnudo. Está sentada sobre el tocón falso de un árbol, con la mirada fija en un punto distante, lejos, muy lejos de esa habitación donde se humillan las leyendas. A su espalda se erige un tótem y a sus pies descansan un tomahawk, un arco y un hombre que desliza torvamente una mano de uñas sucias entre sus muslos.

 

Desvío perturbado la mirada y mis ojos encuentran a la bella Sherezade yaciendo boca abajo entre velos y almohadones, sin mo­verse, mientras una bestia sudorosa le embiste por el culo todos los cuentos que le narró a Shahriar durante mil y una noches.

 

La divina Artemisa lo contempla impasible entre las columnas de su templo, obligada a cabalgar a pelo sobre el duro miembro de un Príapo venido a menos mientras su eterna virginidad le chorrea dolorosamente entre las piernas.

 

La sed de sangre de Erzsébet Báthory es aplacada con el esperma de esa polla que le late convulsamente entre los labios, resbalándole por la mandíbula, goteando entre sus pechos y mancillando con su contraste la pureza de la desgarrada seda negra.

 

Casi no veo a Mesalina entre la neblina de las lágrimas que intento rete­ner y la marabunta de cuerpos que la sepultan violando cada uno de sus “experimentados” orificios y mientras intento entender por qué no se mueve, ¿por qué no grita? Nada en esa escena me recuerda la legendaria pasión de aquella emperatriz que era conocida en los prostíbu­los romanos como Licisca. “A esta loba —pienso— le han arrancado las garras y sólo quedan restos que devoran los chacales”.

 

Casi no puedo mantenerme en mi sitio, las escenas de depravada humi­llación que se repiten por todas partes me asquean y aún me re­pugna más la sensación de fascinación que recorre mi cuerpo. A nadie parece importarle la falta de privacidad de esta orgía con prepago. Ellas, por pura supervivencia, supongo, hace tiempo que dejaron de sentir, no les sirve para nada y ellos… no existe cosa más excitante para sus frági­les egos que poder someter públicamente a las mujeres más fuertes de la historia, las leyendas y hasta de los cuentos.

 

La puerta se abre y deja entrar a la noche custodiada por dos hom­bres con trajes de Armani. Uno es alto y delgado, de ojos claros y piel oscura; el otro, varios centímetros más bajo, con el pelo rubio y una cara cuadrada de pómulos altos delatora de un más que probable origen ruso o ucraniano. Claramente vienen juntos, pero no hablan entre ellos, ni se miran, ni se tocan. Me pregunto si sentirán repugnancia el uno del otro, de sí mismos o de lo que están a punto de hacer. El más alto se acerca con paso inseguro a una chica, poco más que una niña, vestida con el tradicional kimono japonés que identifico como Sakura, la mu­ñeca Geisha. El otro, que yo en mi mente ya he bautizado como Dimitri, pasa junto a Bathory y su goteante barbilla, deja atrás a una Matahari, aburrida (o aliviada) que se encuentra reclinada lánguida­mente en un sofá y se detiene en un rincón decorado con motivos egip­cios. Al parecer no hay nada mejor para empezar la noche que someter a una de las reinas más hermosas de Egipto: Nefertiti, tan admirada por su belleza como odiada por su fanatismo. Un poco más allá, en un rin­cón que me queda oculto, me parece ver una cruz, un altar y el perfil de una sacerdotisa vestida de negro de otra religión mucho más cercana. Es más de lo que puedo soportar. Horrorizado, pero sin poder apartar la mirada de ese rincón que apenas veo, saco mi cartera y coloco un billete sobre la barra, sin saber muy bien si debo algo por la copa que no he pedido, por estar allí sentado, por mirar… Ni siquiera sé qué billete he dejado sobre el mostrador. Empiezo a levantarme lentamente cuando un escalofrío recorre mi columna vertebral como un latigazo arrancándome todo el aire del pecho. Me tiemblan las piernas y siento un cosquilleo en la nuca. “Alguien me está mirando” pienso. Meto la mano en el bolsillo y agarro fuertemente las llaves por si intentan agre­dirme, pero, al darme la vuelta con más precipitación que dignidad, sólo puedo verla a ella y el espacio vacío que se extiende entre noso­tros…

 

El citrino de sus ojos resplandece como un amanecer de verano invitán­dome (no, conminándome) a recorrer los escasos metros oscu­ros que nos separan. Las manos de largos dedos inmóviles sobre su regazo me sugieren vibrantes caricias arropadas por las místicas notas de su mítica arpa. Su pálida piel es la niebla y sus labios rojos las crujien­tes manzanas de la isla de Ávalon. Mi voluntad no resiste el em­brujo de la leyenda de su mirada que arrastra todo mi cuerpo al encuen­tro de la reina de las hadas.

 

Como en un ensueño desquiciado me acerco a ella sin poder apartar la vista de sus ojos de oro líquido, de esa miel envenenada que plaga mis sueños más húmedos desde la adolescencia.

 

—Morgana… —susurran mis labios rozando la comisura de los su­yos.

 

No puedo evitar recorrer su cuerpo, olfateándola como un perro en celo. Huele a la lluvia de Escocia y al sol de Irlanda, a trébol, a las tribus pictas, a una mano enguantada en jamete saliendo del agua, al cuero de una vaina enjoyada, a manzanas, bosques, hadas, venganza, amor, trai­ción, espadas…

 

Acaricio tímidamente su pálida mejilla y mis manos de pianista se me antojan demasiado toscas, demasiado burdas y sudorosas… indig­nas del tacto que tienen los sueños.

 

“¿Qué estás haciendo?” Me pregunta mi conciencia. “Piérdete” le res­ponde mi erección. Deslizo esas manos, que ahora me parecen ga­rras, por su cuello. Alcanzo el lazo que cierra el escote de su vestido y lo deslizo suavemente, sin dejar de mirarla a unos ojos que me miran, pero no parecen verme. Imagino que sueña con el Valle de los falsos amantes, donde todos los enamorados infieles quedaban encerrados esperando la muerte hasta que la fidelidad de Lancelot les liberara…

 

—Amada mía… Yo seré tu Lancelot, tu Accalón… te amaré como nunca te amaron, mi hada de hechicera belleza…—le susurro rozán­dole la clavícula con los labios mientras mis manos alcanzan sus pe­chos.

 

A la visión de la blanca piel de sus senos, el animal que llevo dentro lanza un rugido de júbilo y ya no puedo controlarlo. Ya no quiero contro­larlo.

 

Los beso queriendo devorarlos, mordiendo con fuerza su rosado pe­zón mientras mis manos manosean el templo místico de su cuerpo, profanándolo, mancillándolo… haciéndolo mío.

 

Enajenado, la levanto en volandas y la tumbo en la cama con dosel situada tras el escabel donde estaba sentada. Con manos apremiantes y torpes le alzo el vestido dejando al descubierto el rosado premio de su feminidad. Acerco mi boca y mi saliva se mezcla con la miel de su entre­pierna, saciando a la vez mi hambre y mi sed de felicidad. Me desabro­cho a toda velocidad los pantalones sin dejar de comerle el coño, pellizcándome los dedos con la cremallera por las prisas. Emerjo de la mágica cueva cual Minotauro a la carga, me abalanzo sobre ella y la embisto con fuerza mientras en mi mente imagino ser ese Arturo adolescente siendo coronado Rey Supremo de Inglaterra por las sacerdoti­sas de Ávalon, El Pandragón, reencarnando a Cernunnos en un ritual a los dioses celtas dentro de la hermana a la que no pudo recono­cer a tiempo…

 

Y sin avisar, llega el orgasmo. Breve, intenso, casi doloroso. No se corre mi cuerpo, sino mi corazón, que se vacía de sueños…

 

Abro los ojos y la miro avergonzado. Ella ni se ha movido. Ni si­quiera ha parpadeado. Cubro su cuerpo con el mío para taparla de las miradas indiscretas de la gente que está a nuestro alrededor. Creo que he estado gritando y algunos me observan sin ningún tipo de disimulo.

 

“He violado una ilusión” —pienso—. Y desolado vuelvo a mirarla. Beso sus labios de carmín corrido con dulzura, suplicando su perdón y mi ósculo sólo encuentra silencio y vacío.

 

Me levanto lentamente y me vuelvo a abrochar los pantalones sin de­jar de mirarla parpadeando para intentar contener el llanto.

 

Me alejo trastabillando sin mirar atrás, aterrorizado por el “yo” refle­jado en el brillo de su mirada narcotizada, huyendo perseguido por la bestia que no sabía que llevaba dentro, acosado por los mordiscos de un animal que nace en mis entrañas y que hoy ha salido fuera para manci­llar un sueño. Salgo del local con lágrimas en los ojos, pertur­bado, hecho añicos y… todavía fascinado por la mirada muerta que me devuelven los ojos vivos de esas muñecas rotas.

 

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