Tras la cortina ... relato de Lena C.

Tras la cortina … relato de Lena C.

Relatos eróticos

 

Encuentro en los probadores una interesante sorpresa. Justo tres camisas y dos corbatas después de las siete, a cuál más aburrida y triste, mi cerebro desconecta y la percha que sujeta mi única propuesta para Javier cae al suelo. Me acuclillo sobre los tacones en lugar de agacharme, mi falda es demasiado corta y hace rato que soporta los ojos afilados del guardia de seguridad.

 

Desde ese ángulo el probador del fondo me revela su secreto. Unos inquietos stilettos negros, de unos quince centímetros, se enredan con unas Converse azul marino y un pantalón vaquero. Un sonido gutural que muere antes de convertirse en gemido me confirma que ese sábado de compras no es igual de aburrido para todos. No puedo apartar la vista de esa fantasía hecha realidad. ¿Dónde coño está ese hueco que queda siempre en la cortina de los probadores y te impide cerrarlos del todo?

 

Mi pulso se acelera cuando los zapatos negros reciben a un tanga que se desliza rápidamente por la lycra de unas medias negras. Me doy cuenta de que me agacho cada vez más, para saciar mi morbo, y el imbécil del guardia de seguridad se dará cuenta. Me incorporo rápidamente y recuerdo la horrible butaca de sky que vi al entrar al pasillo de los probadores con Javier. Abandono la percha en el suelo y recorro impaciente los seis pasos que me separan de convertirme en “voyeur” por primera vez. Flexiono mis piernas y tomo asiento ante tan prometedor espectáculo. Desde ese ángulo puedo verles casi hasta las rodillas. Coloco mi bolso en mi regazo avergonzada del intenso palpitar que siento entre mis piernas.

 

Las Converse se han rebelado y separan las piernas, de lycra negra, casi con violencia. El tanga no ha terminado de caer al suelo y sigue suspendido en los tobillos. Mi adrenalina se dispara y noto palpitar mi pulso en el cuello, cuando de un movimiento brusco, los zapatos negros quedan mirando a la pared del probador y las zapatillas siguen dominando la situación, separándolos cada vez más. Me muerdo el labio inferior cuando los vaqueros caen, ocultando las zapatillas, sobre el suelo de tarima.

 

Noto que se acelera mi respiración cuando la impersonal cortina gris empieza a moverse y cobrar vida. Un gemido en toda regla rompe la armonía del hilo musical. Al instante un codo tatuado con un tribal asoma tras la cortina y el sollozo queda ahogado. El vaivén acompasado desde rodillas me confirma que la está penetrando desde atrás sin prisa, quizás deseando que alguien abra esa cortina de una vez. El ritmo se endurece en segundos convirtiendo el suave baile en rudos envites. Mis pezones están duros, mi sexo mojado, mis pupilas dilatadas.

 

Cuando creo que ya nada puede excitarme más el movimiento para en seco, las Converse dan un paso atrás, los zapatos giran ciento ochenta grados y las rodillas enfundadas en las medias negras besan el suelo. Puedo ver la blonda de las medias y las tiras del liguero cuando ella apoya unos segundos su firme trasero en los tacones. El movimiento acelerado del codo en la cortina me vuelve a ayudar a representar en mi mente turbia la situación. La mano en la que termina ese codo sujeta a modo de coleta un cabello desordenado que se mueve a ritmo frenético hasta que un grito ahogado seguido de un suspiro me hacer arder en deseos de entrar en el probador de Javier.